Políticas de protección aparte, el cine francés tiene algo que el español debería envidiarle. Me refiero al respeto y apoyo con el que cuenta por parte de sus espectadores que, lejos de rechazarlo de pleno o de acercarse a él con escepticismo, lo alzan siempre a los primeros puestos de la taquilla. Y es que resulta, cuanto menos, digno de mención que en el año de debacle del cine español, Pequeñas mentiras sin importancia se convirtiera en Francia en la cinta más vista, por encima de títulos como Origen.