Si nos pidieran que contáramos el argumento de La Última Estación, la última película de Michael Hoffman (basada en el libro homónimo de Jay Parini), es muy probable que todos comenzáramos diciendo que se trata de una película sobre la vida de León Tolstói. Esta definición llevaría a pensar, a todo aquel que no haya profundizado más, que nos encontramos ante un biopic del famoso escritor, algo que se demuestra erróneo desde el minuto uno de la película. La Última Estación no sólo obvia gran parte de la vida de Tolstói, al que conocemos ya mortalmente enfermo, sino que el personaje no es sino un gran secundario en su propia vida.
La definición correcta sería la de que nos encontramos ante una película de amor, un concepto tan genérico como inútil. No se trata de una película del amor al prójimo o del amor desinteresado, como pretenderían algunos. Es una historia del amor de pareja, el que ennoblece al término “amor”, el que lo dota de la intensidad, la fama y el carácter universal que le adjudicamos. Es una historia del amor después de los años, del amor cuando todo ha cambiado.